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domingo, 28 de junio de 2009

Hechos

mientras el dictador o burócrata de turno hablaba
en defensa del desorden constituido del régimen
él tomó un endecasílabo o verso nacido del encuentro
entre una piedra y un fulgor de otoño

afuera seguía la lucha de clases/el
capitalismo brutal/el duro trabajo/la estupidez/
la represión/la muerte/las sirenas policiales cortando
la noche/él tomó el endecasílabo y

con mano hábil lo abrió en dos cargando
de un lado más belleza y más
belleza del otro/cerró el endecasílabo/puso
el dedo en la palabra inicial/apretó

la palabra inicial apuntando al dictador o burócrata
salió el endecasílabo/siguió el discurso/siguió
la lucha de clases/el
capitalismo brutal/el duro trabajo/la estupidez/la represión/
[la muerte/las sirenas policiales cortando la noche

este hecho explica que ningún endecasílabo derribó hasta
[ahora
a ningún dictador o burócrata aunque
sea un pequeño dictador o un pequeño burócrata/y también
[explica que
un verso puede nacer del encuentro entre una piedra y un fulgor
[de otoño o

del encuentro entre la lluvia y un barco y de
otros encuentros que nadie sabría predecir/o sea
los nacimientos/ casamientos/ los
disparos de la belleza incesante


Hechos, Juan Gelman (de Hechos, 1978)

martes, 10 de febrero de 2009

A la una de la madrugada


¡Solo por fin! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados y derrengados. Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo. ¡Por fin desapareció la tiranía del rostro humano, y ya sólo por mí sufriré!
¡Por fin! Ya se me consiente descansar en un baño de tinieblas. Lo primero, doble vuelta al cerrojo. Me parece que esta vuelta de llave ha de aumentar mi soledad y fortalecer las barricadas que me separan actualmente del mundo.
¡Vida horrible! ¡Ciudad horrible! Recapitulemos el día: ver a varios hombres de letras, uno de los cuales me preguntó si se puede ir a Rusia por vía de tierra -sin duda tomaba por isla a Rusia-; disputar generosamente con el director de una revista, que, a cada objeción, contestaba: «Este es el partido de los hombres honrados»; lo cual implica que los demás periódicos están redactados por bribones; saludar a unas veinte personas, quince de ellas desconocidas; repartir apretones de manos, en igual proporción, sin haber tomado la precaución de comprar unos guantes; subir, para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa de cierta corsetera, que me rogó que le dibujara un traje de Venustre; hacer la rosca al director de un teatro, para que, al despedirme, me diga: «Quizá lo acierte dirigiéndose a Z...; es, de todos mis autores, el más pesado, el más tonto y el más célebre; con él podría usted conseguir algo. Háblele, y allá veremos»; alabarme -¿por qué?- de varias acciones feas que jamás cometí y negar cobardemente algunas otras fechorías que llevó a cabo con gozo, delito de fanfarronería, crimen de respetos humanos; negar a un amigo cierto favor fácil y dar una recomendación por escrito a un tunante cabal. ¡Uf! ¿Se acabó?
Descontento de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y cobrar un poco de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche. Almas de los que amé, almas de los que canté, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los vahos corruptores del mundo; y vos, Señor, Dios mío, concededme la gracia de producir algunos versos buenos, que a mí mismo me prueben que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio.


A la una de la madrugada, Charles Baudelaire (de Pequeños poemas en prosa)

jueves, 22 de enero de 2009

Notas sobre la peste


Peste, s. (del latín pestis, plaga, peste; de donde pestilente, pestífero; la misma raíz que perdo, destruir [PERDICION].) Una plaga, pestilencia o enfermedad epidémica y mortífera; toda cosa nociva, maligna o destructiva; persona destructiva y maligna.

la peste es, en cierto modo, un ser muy superior a nosotros: sabe dónde encontrarnos y cómo... normalmente en el baño o en plena relación sexual, o dormidos. Hace muy bien también lo de cazarte en el cagadero a media cagada. si ella está a la puerta, puedes gritar: «¡por Dios, espera un momento, no fastidies, ahora mismo salgo!». pero el sonido de una dolorida voz humana no hace más que alentar a la peste: su llamada, su campanilleo, se hace más animado. la peste suele llamar y campanillear. has de dejarla entrar. y cuando se va (al fin), estás enfermo una semana. la peste no sólo te mea el alma... hace también magníficamente lo de dejarte su agua amarillenta en la tapa del water. deja apenas lo suficiente para que se vea; no sabes que está allí hasta que te sientas y es demasiado tarde.
a diferencia de ti, la peste tiene tiempo de sobra para fastidiarte. y todas sus ideas son contrarias a las tuyas, pero ella nunca lo sabe porque habla constantemente y aun cuando aproveches una oportunidad para discrepar, la peste no oye. la peste jamás oye tu voz, en realidad. sólo es para ella una vaga zona de ruptura, después prosigue su diálogo. y mientras la peste prosigue, te preguntas cómo es que siempre consigue meter sus sucios morros en tu alma. la peste tiene también muy clara conciencia de tus horas de sueño y te telefoneará una y otra vez cuando duermes y su primera pregunta será: «¿te desperté?». o irá a tu casa y estarán todas las persianas echadas, pero ella llamará y llamará salvaje, orgiásticamente. si no contestas, gritará: «¡sé que estás ahí! ¡he visto el coche fuera!».
esos destructores, aunque no tienen la menor idea de tu forma de pensar, perciben que les detestas, pero por otra parte esto no hace más que estimularles. comprenden también que eres un determinado tipo de persona: es decir, ante la disyuntiva de herir o ser herido, aceptarás lo último, y las pestes corren detrás de los mejores filetes de humanidad. saben dónde está la buena carne.
la peste siempre desborda vulgares y secas chorradas que considera sabiduría propia. algunas de sus observaciones favoritas son:

- no es cierto eso de TODOS malos. dices que todos los policías son malos. pues bien, no lo son. he conocido algunos buenos. existe el policía bueno.
no te concede posibilidad de explicarle que cuando un hombre se pone ese uniforme, es el protector pagado de las cosas del tiempo presente. está aquí para procurar que las cosas sigan como están. si te gusta como están las cosas, entonces todos los polis son polis buenos. si no te gusta cómo están las cosas, entonces todos los polis son malos. sí existe lo de TODOS malos. pero la peste está impregnada de estas hueras filosofías caseras y no las abandonará. la peste, incapaz de pensar, se aferra a la gente... hosca y definitivamente y para siempre.
- no estamos informados de lo que pasa, no tenemos las soluciones auténticas. hemos de confiar en nuestros gobernantes.
ésta es tan jodidamente estúpida que no quiero ni comentarla. en realidad, bien pensado, no enumeraré más comentarios de la peste porque empiezo ya a ponerme malo.
en fin. pues bien, esta peste no necesita ser una persona que te conozca por el nombre o la dirección. la peste está en todas partes, siempre, dispuesta a lanzar su apestoso y envenenado rayo mortífero sobre ti. recuerdo una época concreta en la que tuve suerte con los caballos. estaba en Del Mar con coche nuevo. todas las noches después de las carreras elegía un motel nuevo, y después de una ducha y de cambiar de ropa, me metía en el coche y recorría la costa y buscaba un sitio bueno para comer. por un sitio bueno quiero decir un lugar en el que haya poca gente y den buena comida. parece una contradicción. quiero decir, si la comida es buena, habrá mucha gente. pero como muchas aparentes verdades, ésta no lo es necesariamente, a veces la gente va en manadas a sitios donde dan absoluta basura. así que todas las noches hacía el peregrinaje buscando un sitio en que diesen bien de comer y que no estuviese lleno de chiflados. me llevaba tiempo. una noche tardé hora y media en localizar un sitio. aparqué el coche y entré. pedí una tajada de carne a la neoyorquina, patatas fritas, etc., y allí me quedé sentado tomando café y esperando que llegara mi comida. el comedor estaba vacío; la noche era maravillosa. luego, justo cuando llegó mi filete a la neoyorquina, se abrió la puerta y allá entró la peste. por supuesto, te lo suponías. había treinta y dos taburetes allí, pero TUVO QUE coger el que estaba a mi lado y empezar a charlar con la camarera mientras comía su donut. era un auténtico imbécil. el diálogo rasgaba las tripas. apestosas y necias memeces, el hedor de su alma bailoteaba en el aire destrozándolo todo. me metía justo suficiente codo en la bandeja. la peste hace muy bien lo de meter justo suficiente codo en la bandeja. tragué el filete Nueva York y luego salí y me emborraché tanto que perdí las tres primeras carreras del día siguiente.
la peste está en todo lugar en que trabajes, en todos los sitios en los que estás empleado. yo soy carne de peste. una vez trabajé en un sitio en que había uno que llevaba quince años sin hablar con nadie. cuando yo llevaba dos días allí, me soltó un rollo de más de media hora. estaba completamente loco. una frase era sobre un tema y la otra sobre otro sin relación alguna. lo que me parece muy bien, si no fuera que lo que decía era material rancio muerto soso y apestoso. le conservaban en su puesto porque era un buen obrero. «un buen trabajo por un buen jornal». hay por lo menos un loco en cada lugar de trabajo, una peste, y siempre me eligen a mí. «les gustas a todos los locos», es una frase que he oído en trabajo tras trabajo. no es alentadora. quizás las cosas mejoraran si todos comprendiéramos que quizás hayamos sido pestes para alguien una u otra vez, aunque no lo supiéramos. mierda, que horrible pensamiento, pero es muy probable que sea cierto y quizás nos ayude a soportar la peste. no hay, en realidad, un tipo cien por cien. todos poseemos locuras y taras diversas de las que nosotros no somos conscientes pero sí todos los demás. ¿cómo íbamos a quedarnos si no quietos en el corral? sin embargo, debemos admirar al hombre que toma medidas contra la peste. frente a la acción directa, la peste tiembla y pronto se aferra a otro sitio. conozco a un hombre, una especie de poeta-intelectual, del tipo animoso y lleno de vida, que tiene un gran letrero colgado en la puerta de casa. no lo recuerdo exactamente pero más o menos dice así (y lo dice en una maravillosa letra de molde):
a quien pueda interesar: telefonéame, por favor, para concertar una cita cuando quieras verme. no contestaré llamadas que no espere. necesito tiempo para mi trabafo. no permitiré que asesines mi trabafo. comprende, por favor, que lo que me mantiene vivo me hará más agradable contigo y para ti cuando por fin nos veamos en condiciones de tranquilidad y calma.
admiré aquel letrero. no lo consideré algo presuntuoso o una sobrevaloración egoísta. era un buen hombre en el buen sentido y tenía el valor y carácter necesarios para afirmar sus derechos naturales. vi el cartel por primera vez por casualidad, y después de mirarlo y de oírle a él dentro, volví a mi coche y me largué. el principio de la comprensión es el principio de todo y hora es de que algunos de nosotros empecemos. por ejemplo, nada tengo contra los love-ins siempre que NO SE ME OBLIGUE A ASISTIR. ni siquiera estoy contra el amor, pero hablábamos de la peste, ¿no es cierto?
incluso yo, que soy carne de peste selecta, incluso yo me enfrenté una vez a una peste. andaba, por entonces, trabajando doce horas de noche, Dios me perdone y Dios perdone a Dios, pero, aun así, aquella apestosísima peste no podía evitar telefonearme todas las mañanas hacia las nueve. me acostaba sobre las siete y media y, tras un par de botellas de cerveza, solía arreglármelas para dormir un poco. lo tenía todo minuciosamente cronometrado. y él me hacía siempre la misma vieja y vulgar jugada. sólo quería saber que me había despertado y oír mi voz destemplada contestarle. él tosía, maullaba, carraspeaba, escupía. «escucha», le dije por fin, «¿por qué demonios me despiertas siempre a las nueve? sabes que trabajo toda la noche. ¡tengo un turno de doce horas! ¿por qué diablos insistes en despertarme a las nueve? »
-creí -dijo- que pensabas ir a las carreras. quería cogerte antes de que salieras para el hipódromo.
-e scucha -dije-, la primera apuesta es a la una y cuarenta y cinco, además ¿cómo diablos piensas que voy a apostar en las carreras trabajando doce horas de noche? ¿cómo demonios crees que puedo trabajar tanto? tengo que dormir, cagar, bañarme, comer, joder, comprar cordones nuevos para los zapatos. toda esa mierda. ¿es que no tienes sentido de la realidad? ¿no te das cuenta de que cuando llego del trabajo me han estrujado totalmente? ¿no te das cuenta de que no queda nada? no podría llegar siquiera al hipódromo. no tengo fuerzas ni para rascarme el culo. ¿por qué diablos sigues telefoneándome a las nueve todas las mañanas?
su voz tembló de emoción como se dice...
- quería cogerte antes de que te fueras al hipódromo.
era inútil. colgué el aparato. luego, cogí una caja grande de cartón. y cogí el teléfono y lo metí en el fondo de aquella caja grande de cartón. y rellené la maldita caja sólidamente con trapos. lo hacía todas las mañanas cuando llegaba y sacaba el teléfono cuando me despertaba. así maté a la peste. vino a verme un día.
- ¿cómo es que ya no contestas al teléfono? -me preguntó. -meto el teléfono en una caja de trapos cuando llego a casa. -¿pero no te das cuenta de que al meter el teléfono en una caja de trapos, simbólicamente estás metiéndome a mí en una caja de trapos?
le miré y dije, muy lenta y calmosamente:
- sí me doy cuenta.
nuestra relación nunca volvió a ser igual a partir de entonces. un amigo mío, un hombre mayor que yo, pero lleno de vida y no artista (gracias a Dios) me dijo: «McClintock me telefonea tres veces al día. ¿aún te llama a ti?
- no, ya no.
todos se ríen de los McClintocks, pero los McClintocks no se dan cuenta nunca de que son los McClintocks. es muy fácil distinguir a un McClintock: llevan todos una libretita de tapas negras llena de números de teléfono. si tienes teléfono, cuidado. la peste se apoderará de tu teléfono, asegurándote primero que no es conferencia (lo es) y luego empezará a descargar su interminable y venenosa perorata en el oído del desdichado oyente, esos tipos peste-McClintock son capaces de hablar horas, y aunque intentes no escuchar es imposible no hacerlo y sientes una especie de melancólica simpatía por el pobre individuo que está al otro agónico extremo del hilo.
quizás algún día se construya, reconstruya, el mundo, de modo que la peste, en virtud de la generosidad de sistemas claros y vida decente no sea ya la peste. existe la teoría de que crean la peste cosas que no deberían existir. mal gobierno, atmósfera viciada, relaciones sexuales jodidas, una madre con un brazo de madera, etc. nunca sabremos si llegará o no la sociedad utópica. pero de momento aún tenemos esas áreas jodidas de humanidad con las que hay que tratar: las hordas del hambre, los negros los blancos y los rojos, las bombas que duermen, los love-ins, los hippies, los no tan hippies, Johnson, las cucarachas de Albuquerque, la mala cerveza, la blenorragia, los editoriales apestosos, esto y lo otro y lo de más allá, y la Peste. la peste aún está aquí. yo vivo hoy, no mañana. mi utopía significa menos peste AHORA. y estoy seguro de que me gustaría oír tu historia. estoy seguro de que cada uno de nosotros soporta uno o dos McClintocks. puede que me hicieses reír con tus historias sobre el McClintockpeste. ¡¡¡¡Dios, lo que me recuerda!!!! ¡QUE NUNCA HE OIDO REIRSE A UN MCCLINTOCK!
piénsalo.
piensa en todas las pestes que hayas conocido y pregúntate si se han reído alguna vez. ¿se han reído?
Dios mío, y ahora que lo pienso, no es que yo me ría gran cosa. no puedo reírme más que cuando estoy solo. ¿habré estado escribiendo sobre mí mismo? una peste apestada por pestes. piénsalo. toda una colonia de pestes retorciéndose y clavando colmillo y 69-ando. ¿¿69-ando?? encendamos un chester y olvidemos el asunto. hasta mañana. mañana te veo. metido en una caja de trapos y lindas tetitas de cobra.
hola. ¿no te desperté, verdad? no creo.


Notas sobre la peste, Charles Bukowski. Extraído de "La máquina de follar".

lunes, 12 de enero de 2009

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te inclinas sola ante el espejo.
Oh querida esperanza
también nosotros aquel día
sabremos que eres la vida y eres la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
será como abandonar un vicio,
como ver que emerge de nuevo
un rostro muerto en el espejo,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos, mudos, al abismo.


"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", Cesar Pavese

jueves, 4 de diciembre de 2008

Una temporada en el infierno


"El poeta es realmente ladrón de fuego"

Arthur Rimbaud